
La evaluación de la calidad del agua ha tenido un desarrollo lento. Hasta finales del siglo XIX no se reconocía al agua como origen de numerosas enfermedades infecciosas.
Hoy en día, la importancia de la cantidad y la calidad del agua están fuera de toda duda. La contaminación del agua puede originar efectos adversos a la salud de un número representativo de personas durante períodos previsibles de tiempo.
Se considera que el agua está contaminada cuando ya no puede utilizarse para el uso que se le iba a dar, en su estado natural o cuando se ven alteradas sus propiedades químicas, físicas y biológicas.
El agua está contaminada cuando pierde su potabilidad para consumo diario o para su utilización en actividades domésticas, industriales o agrícolas.
Para evitar las consecuencias del uso del agua contaminada se han creado mecanismos de control temprano de la contaminación. Existen normas que establecen los rangos permisibles de contaminación, que buscan asegurar que el agua que se utiliza no sea dañina. Cada país debe tener una institución que se encargue de dicho control.
El agua que se suministra a la población debe estar libre de impurezas. Las impurezas pueden ser, como ya vimos, solubles e insolubles. Las impurezas solubles pueden ser arcilla, arena y microorganismos entre otros; los insolubles, contaminantes industriales o agrícolas y compuestos orgánicos. Todas las impurezas deben reducirse a cantidades razonablemente seguras antes de que el agua sea bombeada hacia nuestros hogares, centros de trabajo y de diversión por tuberías.








